miércoles, 17 de diciembre de 2014

Viaje al Périgord y Burdeos: Castillos, ríos y viñedos.

Este viaje surgió sin pretenderlo. No teníamos destino para las vacaciones de verano y, de repente, un vuelo Sevilla-Burdeos se cruzó en nuestro camino. Una vez comprados los billetes, debíamos preparar algo que hacer en los siete días que íbamos a estar en familia rodando por la zona de la Aquitania francesa. Y ahí fue cuando empezamos a descubrir las joyas que tiene esta región del país vecino.

EL ALOJAMIENTO
El viaje lo dividimos en dos partes. La primera, de cuatro días de duración, la pasaríamos en el Périgord, una zona muy turística especialmente en agosto. Al estar tan demandada, nos costó encontrar un alojamiento que se adaptara a nuestras necesidades. Queríamos una casa rural o un apartamento para poder organizar mejor las comidas de los niños. Es un lugar muy visitado por familias ansiosas de descanso, visitas culturales y exquisiteces gastronómicas. Finalmente, encontramos una cabaña al noroeste de Sarlat la Caneda, centro neurálgico de la comarca.
En la segunda parte del viaje, de tres días de duración, nos alojamos en unos apartamentos situados en Merignac, muy cerca del aeropuerto y a escasos diez kilómetros del centro de Burdeos. La localización fue un acierto para coger el vuelo de regreso y para visitar la playa atlántica próxima a la famosa Duna de Pilat.

DÍA 1, 19 de agosto: VUELO Y RUTA
El avión salía muy pronto. La duración del vuelo es de una hora y media desde Sevilla así que prácticamente ni nos enteramos. Una vez llegamos a Burdeos, alquilamos el coche que habíamos contratado por Internet y a eso de las nueve de la mañana, estábamos dispuestos para iniciar nuestra ruta por tierras de viñedos.
Nuestra primera parada, Saint-Emilion. Este pueblo medieval, patrimonio de la Humanidad por la Unesco, está situado a unos 35 Km al Noroeste de Burdeos y rodeado de un inmenso manto verde vinícola que enmarca el municipio.


El embrujo del lugar hace que en la plaza principal en la que se sitúa la Oficina de Información Turística, te cobren por una botella de agua 5,5 € o por un café 4,80 € por lo que aconsejamos que miren los precios de donde se sientan antes de pedir.
Pasado el susto del precio del desayuno, nos dejamos llevar por la ciudad. Sus muros te trasladan a época del románico. De la localidad, destaca la ermita monolítica construida en piedra. Sin embargo, las visitas son guiadas y sólo hacen un pase en inglés y francés. Al ir con los niños preferimos no cogerla y hacer algo más libre. Visitamos el Château du Roi, la iglesia Colegialle que cuenta con una joya de claustro románico, las murallas, el claustro de los Cordeliers, las fosas y, especialmente, las calles escarpadas de color cálido. Por el camino, no dejas de encontrarte atracciones: mercados artesanales, galerías de arte y tiendas de vino, de muchos vinos.
Una parada obligada del lugar sería visitar uno de los numerosos château (bodegas) que existen por los alrededores. Además de dar a conocer el proceso de elaboración del vino, hacen catas in situ. Lo mejor es buscar por Internet y reservar una visita. Nosotros, al ir con los peques, dejamos el enoturismo para otra ocasión.

Tras coger el coche y abastecernos en un supermercado nos fuimos dirección Périgueux. Tras dejar atrás un mar de viñedos, entramos en la comarca del PÉRIGORD. Es una zona vinculada administrativamente a la región de Aquitania, de la que ocupa la franja más septentrional, el Departamento de Dordoña coincide con los límites de la antigua provincia del Périgord. Está bañada por los ríos Dordoña, Isle, Dronne y Vézère.
El Périgord se divide en cuatro zonas: El Blanco, el Púrpura, el Negro y el Verde. Los podemos distinguir por los distintos tonos en los paisajes de cada una de las zonas.
Es una tierra conocida por su gran patrimonio histórico. La llaman la tierra de los 1000 y un castillos por la densidad de fortalezas. A ellas se suman palacios, bastidas, una exuberante naturaleza, cuevas, yacimientos prehistóricos y algunos de los pueblos considerados los más bellos de Francia.

Y admirando los cambios en los paisajes, llegamos a Périgueux. Es la capital del Périgord Blanco, llamado así por el color predominante de la piedra caliza. Es una ciudad enclavada en el Camino de Santiago por lo que la  catedral de Saint Front ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Su plano en forma de cruz griega aparenta a San Marcos de Venecia. Como curiosidad, decir que sirvió de modelo en la construcción del “Sagrado Corazón” del Montmartre parisino. A poca distancia de la catedral, se encuentra la oficina de turismo y, adyacente, la Torre Mataguerre, último bastión de la muralla medieval. En la oficina de turismo pudimos hacernos con libros de la zona, folletos e informaciones sobre carreteras y visitas de interés.
Lo bueno de Périgueux es que la vas descubriendo callejeando en las fachadas de sus casas medievales y renacentistas, atravesadas con travesaños de madera al más puro estilo del medievo.
En la ciudad, podemos distinguir otro barrio galo romano (Barrio de Vesunna) que cuenta con importantes vestigios de la Antigüedad. Entre otros, destaca el Templo de Vesone y el Museo Galorromano Vesunna. En el mismo barrio, se encuentra la Iglesia de la Cité, primera catedral de la ciudad hasta 1557.


Después de nuestro primer día de viaje, intenso y completo, nos dirigimos dirección Lissac sur Couze, donde se encuentra nuestra cabaña. Situada en pleno bosque, es un placer para los adultos y los niños. Como podréis imaginar, caímos rendidos.

DÍA 2, 20 de agosto
Tras haber descansado y desayunado como reyes, cogemos nuestro Citroen C3 Picasso para dirigirnos a Montignac, municipio en el que se encuentran las famosas cuevas de Lascaux. Para visitar las cuevas, siempre con visita guiada, tienes que comprar el ticket en la sucursal habilitada para ello en el pueblo. La cola era tremenda pero tuvimos la suerte de entrar con un grupo de españoles. Los niños menores de 5 años no pagan y los adultos algo más de 9 Euros. La entrada al recinto se sitúa a 2 Km. a la salida de Montignac.
La cueva que se visita no es la original pero es una fiel reproducción de la misma. Dicen que en algunos puntos sólo se diferencia 5 milímetros. La visita dura 40 interesantes minutos en los que se hacen protagonistas los niños. La temperatura del interior es de unos 13ºC por lo que hay que llevar algo de abrigo. A la salida nos encontramos con una tienda de artículos muy atractivos para los más pequeños sobre la Prehistoria.

De vuelta en Montignac, muy animado y bullicioso, nos dimos un paseo por la orilla del río Vézere. Las canoas multicolores surcaban el río con personas de todas las edades. En los alrededores, se encuentran varios restaurantes con menús infantiles. Pero como estaban muy llenos, decidimos hacer un “take away” y comer en un área de descanso en plena naturaleza. Antes de salir del pueblo, visitamos un mercado de artesanos con venta de productos locales. Chacinas, foie gras, trufas, nueces, mermeladas, vinos,… artículos de delicatesen que son irresistibles para cualquier paladar.



Tras comer por el camino, llegamos al Castillo de Losse. Está situado a 5 kilómetros de Montignac por la carretera D706. La entrada cuesta 8 Euros, las visitas guiadas son sólo en francés y los interiores tampoco son espectaculares. El paseo por los jardines es muy agradable y hay una cafetería ideal para tomarse un café y hacer un alto en el camino.

Cogiendo la misma carretera a la izquierda, seguimos unos 3 kilómetros más hasta llegar a Saint Leon de Vézere. Este pequeño pueblo medieval pareciera que abraza al río. Posee un encanto sin igual y una iglesia románica del siglo XII de gran importancia arquitéctonica. Esta localidad está considerada una de las más bellas de Francia, y razón no le falta. Está flanqueada por dos castillos que le dan un aspecto caballeresco e importante, a pesar de que sólo cuenta con algo más de 500 habitantes.

A otros pocos kilómetros, se encuentra La Roque Saint-Christophe. Se trata de un acantilado de roca caliza en el que se hallan refugios en la roca. Desde hace 55.000 años han servido como morada al ser humano. Del hombre troglodita pasó a convertirse en fortaleza y ciudad en la Edad Media. Actualmente no se conserva ninguna vivienda original. Si no se quiere pagar la entrada, 8 € por persona, desde la carretera se puede observar las cavidades en la roca y hacerse una idea aproximada de lo que fue. Tienen una tienda con bastante información documental y práctica del lugar.

Como nos había cundido bastante el día, decidimos regresar a nuestra cabaña. Sin embargo, el Périgord te va atrapando y no pudimos resistir la tentación de llegar a Aubas, un pueblo que estaba en fiestas. Compramos un vino blanco de Bergerac para cenar y visitamos desde el exterior el Castillo de Sauveboeuf. Rodeado de maizales este castillo destaca por el estilo de Luis XIII. Ofrece una visita al interior donde se encuentra el Musée de la Préhistorie.



DÍA 3, 21 de agosto
Nuestro objetivo para este día tenía nombre propio: Sarlat la Canéda, capital gastronómica y cultural del Périgord Negro. Pero, lo que siempre ocurre por estas tierras, hicimos varias paradas antes de llegar a nuestro destino.

Al pasar por una pequeña aldea llamada Paulin, no pudimos resistir la tentación de bajar para hacer algunas fotos. Iglesia románica, casas rurales medievales y ni una sola presencia humana en el lugar. Las labores agrarias ocupan el tiempo de sus gentes. Un dato curioso es que en muchos templos religiosos hay placas en homenaje a los soldados y a los niños fallecidos durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Listados con nombres que nos recuerdan la barbarie de la guerra.


Continuando nuestra ruta, pasamos por Salignac. Otro imponente castillo nos da la bienvenida y la iglesia gótica de Notre-Dame nos iluminó con sus imponentes vidrieras. Destacan en el pueblo las techumbres con tejas de pizarra colocadas de tal forma que pareciera que se pueden caer.

Y ya sí, llegamos a Sarlat. El aparcamiento es complicado en el mes de agosto, lo sufrimos en primera persona. Nada más entrar, te das cuenta de la cantidad de gente que se mueve por todos los rincones. Es un hervidero de gente, tiendas, músicos callejeros, souvenirs y un sin fin de edificios históricos que la hacen única.
Además de por el turismo, Sarlat también es conocida por su famoso foie gras, uno de los más reputados de Francia.
Uno de los símbolos de la ciudad es “la linterna de los muertos”, una extraña construcción cilíndrica que se alza desde el s. XII para conmemorar el milagro de la desaparición de la peste en aquella época. Su función sigue siendo un misterio. A su lado, se encuentra la catedral de Saint-Sacerdos. Originariamente fue un edificio románico pero la mayor parte del templo es del siglo XVI. Destacan los órganos de Lépine, uno de los más bellos de país galo.
Saliendo de la catedral, nos encontramos con músicos que se sitúan casi a los pies de otro de los símbolos de la ciudad, la fachada de la casa de La Boétie de estilo renacentista italiano. Es uno de los puntos más fotografiados de Sarlat. En la calle te encuentras auténticos artistas y artesanos que bien merecen una parada y alguna que otra compra.
Muchos son los edificios y calles que se deben nombrar por su belleza y singularidad pero lo mejor es que vayamos descubriendo andando los encantos de esta ciudad de unos 10.000 habitantes que recibe al año algo más de medio millón de turistas. Por algo será.


Después de comer y de un buen helado, nos desplazamos pocos kilómetros para visitar el Castillo de Castelnaud. Esta fortaleza ofrece una de las mejores vista del Valle del Dordoña. La entrada cuesta 8,6€ y el parking 3€ (recomendamos no aparcar donde indican las señales, sino abajo que es gratis). Dentro del castillo, que es de gran tamaño y muy bien conservado, se encuentra también un Museo de Armas Medievales bastante interesante. Y a todo esto se añade un espectáculo medieval y artesanos trabajando el vidrio o el hierro. La verdad es que merece la pena una visita. La única pega, la masificación que tenía. A los niños les gustó mucho y más aún porque les compramos unas armaduras y espadas de juguete para que fuesen caballeros medievales defendiendo el castillo.

Otro vigía del Dordoña es La Roque-Gageat. Después del Mont Saint-Michel y Rocamadour, este pueblo obtuvo el preciado título del “pueblo más bello de Francia”. Es una hilera de casas que se sitúa entre un acantilado y el río. Se puede dar un paseo en barco por el río con imponentes paisajes, rodeados de naturaleza. Otra opción es alquilar un kayak para hacer piragüismo por el río. Y os aseguro que no estaréis solos porque las piraguas de todos los colores y tamaños surcan las aguas del Dordoña.

Para terminar la jornada, pasamos por Beynac et Cazenac para contemplar brevemente sus casas de piedras con techos de teja y ventanas con postigos. Parece que se hubiese detenido el tiempo. Sus calles han sido testigo del rodaje de películas como Juana de Arco o Chocolat. Su imponente castillo ubicado en lo más alto de la colina rocosa, estaba cerrado cuando llegamos pero nos ofreció una de las más bellas fotografías del viaje.


DÍA 4, 22 de agosto.
Como todos los días, nos levantamos temprano y decidimos visitar los alrededores de donde estábamos alojados así que nos fuimos al lago du Causse. Es un entorno precioso que invita a las actividades acuáticas y al descanso. En esta zona, nos resultó muy curiosa la iglesia de Lissac sur Couze, porque nada más entrar, te encuentras una placa de mármol blanco con los nombres de los niños muertos en la Primera y Segunda Guerra Mundiales. Nos dimos cuenta que este reconocimiento es muy común en los municipios franceses. La guerra se hizo notar y este es un ejemplo más.
Haciendo ruta, pasamos por Le Soulier y otros pequeños núcleos rurales en los que se pueden observar numerosos abrigos en la roca y casas-cueva construidas al resguardo de la montaña.
A nuestro GPS se le antojó llevarnos por carreteras secundarias hacia nuestro destino: Saint Amand de Coly. Mereció la pena por conocer rincones y paisajes campestres rodeados de árboles. La parte negativa es que tardamos más tiempo en llegar. Pero, ¿quién tiene prisas de vacaciones?.


Pues bien, una vez en Saint Amand de Coly pudimos ver su famosa abadía. Construida sobre una construcción del s.VI, lo que conocemos en la actualidad es del s. XII. Se considera la más bella iglesia fortificada del Périgord, aunque las cicatrices por las guerras de religión y saqueos continuos llegan hasta nuestros días. Además de la abadía merece la pena callejear por esta aldea e imaginar su pasado medieval con molino, hospital, posada y otros edificios propios de la época.
Llegada la hora del almuerzo decidimos volver pasando por Saint Génies, otro pueblo fortificado. El conjunto formado por iglesia, casco medieval y castillo bien merece una parada. Dentro del castillo hay una taberna que cocina recetas tradicionales de la zona. Cuando llegamos el pueblo estaba en fiestas y se ve que son más de trasnochar porque no había nadie por las calles. Sólo nos saludaron los tejados de pizarra de las casas y los frescos del siglo XIV de la iglesia que pudimos ver tras empujar la puerta de entrada.
El Périgord destaca por ser uno de los lugares del mundo donde poner a punto el paladar. Entre sus productos estrella destaca el foie-grás. Lo fabrican en granjas distribuidas por toda la región. En muchas de ellas te permiten ver su proceso de elaboración y tener unos encuentros con las ocas que les gusta mucho a los niños. En el camino de regreso, conseguimos entrar en una, comprar sus productos y tener unos momentos con las pobres ocas que desconocen su futuro.
Tras almorzar y descansar un rato, decidimos ir por la tarde al Castillo de Hautefort, una auténtica joya. Se puede visitar libremente o con guía. Nosotros decidimos ir por nuestra cuenta y tras pagar los 8,5 € por cada adulto, nos imbuimos del ambiente noble y robusto que nos transmite el castillo. Nada más entrar puedes ver un documental que te cuenta la historia del edificio que pasó de ser fortaleza a palacio clásico en el siglo XVI. Los jardines del recinto son espectaculares y un paseo por ellos terminada la visita interior es ineludible. El recorrido por las estancias del palacio merece la pena. Está todo muy bien señalizado y con el ticket de la entrada, te dan una guía en castellano sobre las estancias que se visitan. El buen estado de conservación se lo debemos a la Baronesa Simone de Bastard (1901-1999) que dedicó gran parte de su vida a remodelar y conservar el conjunto.


Además del palacio y de los jardines, son de ineludible visita la capilla, el horno del pueblo y los subterráneos que nos despiden tras volver a salir por el puente levadizo que nos acogió para entrar.
Pues parecía que nuestro día había terminado pero, de camino a nuestro alojamiento, nos detuvimos en uno de los pueblos que más nos gustó: Terrason. Bañado por el río Vézère, el Puente Viejo (s. XV) y el Puente Nuevo, nos adentran en un lugar escarpado en una colina con vistas espectaculares. El casco antiguo, con casas de madera e imágenes florales, está muy bien conservado y posee edificios románicos y góticos principalmente. Desde La Place, se puede contemplar el paso tranquilo del Vézère y la iglesia principal de la localidad. Los Jardins de l´Imaginaire son un gran atractivo del lugar aunque nosotros no llegamos a verlos porque estaban cerrados.



DÍA 5, 23 de agosto.
Este día tocaba hacer equipaje y dirigirnos hacia Burdeos. Pensamos estar toda la jornada de ruta y llegar a la ciudad por la noche. Así que nos organizamos con los sitios a visitar, nos despedimos de este lugar tan agradable y cogimos carretera y manta.
El primer lugar por el que pasamos fue Les Eyzies. En este pueblo se ubica el Museo Nacional de la Prehistoria. Está dividido en varias salas temáticas y su entrada se sitúa en el abrigo de un gran promontorio. En la zona existen multitud de cuevas y restos prehistóricos por lo que se considera a esta zona como “la cuna del hombre europeo”. Todos los alrededores son ideales para hacer escalada y otros deportes de aventura al aire libre.
Tras dejar atrás Campagne con su impoluto castillo y Le Bouque, donde se hallaba un mercado de productos regionales (era sábado) llegamos a nuestro siguiente destino: Cadouin y su abadía. Este municipio, auténtica fortaleza medieval, nos sorprende por el buen estado de conservación de sus calles y de los lugares históricos. Visitamos la iglesia (entrada libre) y la abadía del siglo XII (costaba la entrada 6,20 € por persona). Esta construcción cisterciense se hizo famosa porque se creyó que el santo sudario se encontraba entre sus muros. Esto hizo que aumentaran las peregrinaciones y su riqueza. La iglesia románica fue consagrada en 1154. De ella se desprende la espiritualidad cisterciense del siglo XII. El claustro, de los siglos XV y XVI, es una obra maestra del arte gótico flamígero.


A pocos kilómetros de Cadouin, encontramos un pequeño pueblo: Saint Avit Sénieur. Comimos en un área de picnic que había en la entrada de la villa y nos dispusimos a contemplar la gran iglesia-fortaleza, la bastida y los restos del claustro. Todo el conjunto es una verdadera maravilla y no es muy visitado por los turistas. La iglesia, vista desde el exterior, se confunde con un castillo rodeado de torres defensivas imponentes. Sin duda, nos hace suponer que estábamos en un lugar donde las guerras y los conflictos debían ser habituales.
Tras deleitarnos con un helado callejeando por sus calles, nos subimos nuevamente al coche y llegamos a otro pueblo medieval fortificado, Beaumont du Périgord. Flanqueado por 16 puertas su templo religioso muestra también el espíritu defensivo de la zona. Más que una iglesia, parece un castillo. Destaca su plaza central y las calles con casas de madera con listones al más puro estilo del medievo.
Issigeac, otra villa medieval que parece salida de un cuento, nos saluda con sus pequeñas viviendas y tiendas tradicionales. Un paseo contemplando su bien cuidado casco histórico, nos hace retroceder siglos en el tiempo.


Nos dirigimos hacia Bergerac pero de camino no pudimos dejar de parar y contemplar el Castillo de Monbazillac. Rodeado de kilómetros de viñedos, este castillo con cuatro gruesas torres circulares y elementos defensivos (matacanes, saeteras...) se unen con elegantes elementos del Renacimiento. Dentro, se sitúa el museo de la vid y del vino, del mueble perigurdino, de la historia del protestantismo y de los mil y un castillos del Périgord. Las antiguas bodegas han sido transformadas en salas de restaurante. Es uno de los castillos más visitados de la región por combinar arte y enoturismo.
A media tarde llegamos a Bergerac. Su nombre es famoso por relacionarlo con Cyrano de Bergerac pero, ni este pensador era de allí ni tiene nada que ver con la obra de teatro del mismo nombres. Sin embargo, entre los rincones de esta ciudad podemos contemplar varias estatuas de este personaje. Es muy agradable pasear junto al Dordoña, ver las coloridas flores que se asoman por las ventanas y visitar el Museo del Tabaco, del Vino y las iglesias románicas, góticas y renacentistas que nos encontramos a nuestro paso.
El día ha sido largo y tras pasar otros minutos en el coche hasta llegar a nuestro apartamento situado en Merignac, (cerca del aeropuerto y a 5 kilómetros de Burdeos), decidimos terminar el día cenando y regando la comida con un buen vino de la tierra.


DÍA 6, 24 de agosto
Este día solo tiene un nombre: BURDEOS. Ciudad de arte, de cultura y de historia, conserva un excepcional patrimonio arquitectónico del siglo XVIII e importantes museos. Aparcamos cerca del Museo de Bellas Artes que fue nuestra primera parada. El museo tiene una colección grande y rica de la pintura europea, desde el Quattrocento hasta los tiempos modernos. Es particularmente conocido por su colección de pintores flamencos del siglo XVII y pintura holandesa, con obras de artistas famosos. Los artistas españoles representados son Murillo, Zurbarán y Picasso. Me parece muy importante llevar a los niños a los museos y enseñarles a mirar y admirar la pintura. Son geniales las interpretaciones que hacen de las obras.
Saliendo del museo y tras pocos metros, nos encontramos con la Catedral de San Andrés. Está coronada por dos altas torres predominando el estilo gótico en sus fachadas. No pudimos visitar el interior al no coincidir los horarios. Seguimos nuestro camino haciendo uso de las sillitas de los niños y tras pasar la calle comercial Gambetta, llegamos a la Estatua de Goya y a la Iglesia de Notre-Dame. El genial pintor zaragozano pasó en Burdeos los últimos años de su vida y con esta escultura se le rinde homenaje al lado de la iglesia donde recibió sepultura. El edificio es de estilo barroco y es uno de los lugares más visitados de la ciudad. La entrada es gratuita.
Anduvimos un poco hasta llegar al Grand Théâtre, la Ópera Nacional. Con una capacidad para 1.100 espectadores, este edificio de estilo neoclásico, fue concebido como templo de las artes con un pórtico de 12 columnas corintias soportando un frontiscipio con 12 estatuas: las nueve musas y las diosas JunoVenus y Minerva. Se circunscribe dentro del opulento urbanismo bordenés propio del Siglo de las Luces.

La oficina de turismo está situada a pocos metros de la ópera y te ofrecen mucha información sobre la capital y la región. Especialmente, es interesante el plano de la ciudad. Frente a ella se ubica el Museo del Vino, uno de los atractivos bordelenses. Y es inevitable dirigirte hacia la Explanada de Quinconces al ver la columna que se alza a más de 40 metros del suelo. Se trata del Monumentos a los Girondinos, coronado por “La libertad rompiendo sus cadenas”. La plaza está considerada como la más grande de Francia así que es fácil sentirse pequeño en este grandioso espacio.
Después de admirar los edificios señoriales que nos encontramos por el camino, nos fuimos dirección al río Garona donde hallamos las postales más típicas de la ciudad. Junto al río y de frente a la ciudad antigua, puedes fotografiar el Palais y Palace Bourse, el Hôtel Fernes y en el centro, con la mejor situación, la fuente de las Tres Gracias. Ambos edificios eran los centros neurálgicos del comercio bordelés en siglos pasados. Todas esta panorámica la encontramos desde el punto con más flashes de la ciudad: el Espejo del Agua (Miroir d´eau). Además de ser refrescante en agosto, es el punto de encuentro y de diversión de los habitantes de la ciudad y de los foráneos como nosotros.

Y así llegó la hora del almuerzo. Nada mejor que sentarse en una de las terrazas de la Place du Parlament y disfrutar de la cocina francesa en una de sus brasseries. Tanto las ensaladas como los platos de carne con sabor a foie gras están deliciosos. Además, la plaza goza de un gran ambiente bohemio, con escaparates de comercios tradiciones y de talleres de artesanía (ateliers).
Tras comer tranquilamente, retomamos la ruta. Empezamos a caminar y nos encontramos con la Porte Cailhau. Es una antigua puerta de planta ovoidal construida a finales del siglo XV. Servía como entrada triunfal a la ciudad para los monarcas y altas autoridades. Tras detenernos para inmortalizarnos junto a ella, nos fuimos cruzando la calle de Víctor Hugo hacia la Basilique et Fleche Saint-Michel. La torre, separada de la iglesia, tiene el honor de ser el campanario más alto con 114 metros y la basílica conserva un estilo gótico tardío bastante robusto. Se nota a leguas que esta es la parte más humilde de la ciudad. Hay muchos negocios de inmigrantes y edificios deteriorados que necesitan rehabilitación.
Volviendo sobre nuestros pasos pero alejándonos del río, nos dirigimos ahora hacia la Grosse Cloche (s. XIII-XV). Es otra puerta defensiva de la ciudad. Formaba parte del ayuntamiento, era el lugar donde se reunían los concejales. Su campana, símbolo de las libertades municipales, tocaba para anunciar los grandes acontecimientos públicos. Al cruzar esta puerta entramos en la Rue Saint-James, calle peatonal con un ambiente lúdico. Puedes ver a grupos de jóvenes divirtiéndose con juegos en plena calle o a artistas trabajando.
A estas alturas del día y después de caminar por toda la ciudad, decidimos volver al hotel y descansar. Pero antes no quisimos dejar de cruzar el Pont de Pierre con el coche y dirigirnos al otro lado de la ciudad desde donde tenemos una panorámica estupenda al anochecer. En ese momento, bien podría confundirse con París.


DÍA 7, 25 de agosto
Esta jornada tocaba ser más relajada. La gran duna de Pilat de arena natural formada en el Golfo de Vizcaya, era nuestro destino. Sin embargo, casi nos arrepentimos de ir porque estuvimos en caravana unos veinte kilómetros y, según leímos después, estas aglomeraciones de tráfico son habituales en los meses de verano. La verdad es que tardamos unas tres horas en hacer un recorrido que se podía hacer en una. Cuando por fin llegamos, seguían los inconvenientes. No había aparcamiento en los espacios que habilitan para dejar los coches por lo que tuvimos que irnos más lejos para poder aparcar. La duna se ve desde la carretera que la bordea y la verdad es que impresiona. Ocupa 2,7 kilómetros de costa y se adentra unos 500 metros. Su cresta es la mayor de Europa y tanto la duna como el entorno, es un ecosistema de un valor excepcional protegido.
Siguiendo la duna, llegamos a la Playa du Petit Nice. Flanqueada por pinos, nos cautivó su finísima arena blanca y el aspecto natural que ofrecía gracias a la influencia del médano. Así que nos tumbamos tan ricamente y echamos un día estupendo. El agua tenía una temperatura agradable, perfecta para el baño.
Después de comer en uno de los merenderos preparados para tal fin, nos dimos una vuelta por Arcanchón, una ciudad muy turística al más puro estilo de la Costa del Sol. Las calles bullían de gente y los restaurantes estaban “haciendo su agosto”.
La vuelta a Merignac fue algo mejor pero el tráfico seguía siendo intenso. Después de una ducha y de descansar un rato, nos fuimos al centro de Burdeos a despedirnos de la ciudad y a pasear por las calles de esta ciudad encantadora. Nuestro periplo terminó con una buena cena en Chapeau Rouge Brasserie cerca de la Ópera Nacional y con unas fotos divertidas en el Espejo del Agua. No podía haber un lugar mejor para la despedida.


DÍA 8, 26 de agosto: Regreso
En este momento, hay poco que decir. Maletas, dejar el coche en la compañía de alquiler, vuelo de hora y media y aterrizaje en Sevilla sin más contratiempos.


Aquí se quedan momentos descritos para el recuerdo y otros muchos que no se pueden expresar pero que permanecerán para siempre en nuestra retina. Mis hijos, con sus cuatro y tres años, seguramente no recuerden este viaje cuando sean mayores pero aquí tendrán una referencia para poder afirmar que ellos estuvieron en el Périgord y en Burdeos. Y yo les recordaré lo bien que nos lo pasamos en familia.
Se me olvidaba mencionarlo. El guerrero de Playmobil
fue nuestro quinto compañero de viaje. 

domingo, 14 de diciembre de 2014

El Alentejo portugués, espíritu de lo auténtico

El Puente de la Inmaculada nos permitía tener unas mini vacaciones, desde el viernes hasta el lunes.  Decidimos hacer una escapada pero, ¿cuál sería el destino? Queríamos ir a la Sierra de Aracena en Huelva pero a falta de pocos días para el inicio del puente, no había casi nada y lo que quedaba era carísimo. Y de repente, se nos ocurrió que podíamos conocer mejor ese gran amigo y vecino que es Portugal. Nos situamos en el mapa y pensamos que una buena opción podría ser el Alentejo, región en el centro del país luso.
Ya teníamos la zona. Ahora debíamos elegir un punto estratégico como centro de operaciones desde el que movernos hacia las excursiones y destinos que pensamos conocer. Évora era el sitio perfecto.
Al buscar alojamiento vimos que podíamos quedarnos en una herdade, una finca rural con la opción de elaborar nuestro propio queso y de estar en contacto directo con animales de granja. Era el sitio perfecto para los niños pero nuestro gozo quedó en un pozo porque cuando fuimos a reservar, ya no quedaban habitaciones. Para otra ocasión, nos apuntamos el sitio. Se llama Herdade da Amendoeira, a unos quince kilómetros de Évora.
Finalmente reservamos un bungalow muy bien equipado, nuevo y económico que nos permitía cocinar y tener más independencia con los niños. En él hacíamos el desayuno y la cena; para el almuerzo preferimos conocer la gastronomía local. Por merecimiento cabe mencionar el nombre del alojamiento: Parque de Campismo Orbitur Évora.

DÍA 5 DE DICIEMBRE: VIAJE EN COCHE
Estuvimos toda la tarde de viaje. Íbamos preparados en el coche con música infantil, canciones, juegos y capítulos interminables de Peppa Pig. El viaje se pasó rápido y más teniendo en cuenta de que en Portugal hay una hora menos.

DÍA 6 DE DICIEMBRE: ÉVORA Y CASTELO DE VIDE

Évora
Abría el día cuando llegamos al centro de la ciudad de Évora. Esta ciudad, de unos 50.000 habitantes, se sitúa en el corazón del Alentejo y presume de ser Patrimonio de la Humanidad desde 1986.
Es la segunda vez que disfrutamos de esta ciudad histórica pero la primera que nos acompañan dos pequeños viajeros que están aprendiendo a valorar el patrimonio con curiosidad y energía.


Pues bien, tras pasar por la oficina de turismo y escuchar villancicos en la Plaza de Giraldo enmarcados por un gran portal de Belén situado en la escalinata de la iglesia de Antao, nos dirigimos hacia la Catedral. La calle que enlazan ambos puntos estratégicos está plagada de puestos con souvenirs y artesanía local. Destaca la capa alentejana, abrigo tradicional de lana, de distintos largos y con parecido a la capa española pero en variados y cálidos tonos.
La Catedral de Santa María, construida sobre una antigua mezquita, saluda a los turistas con un pórtico apuntado, enmarcado con arquivoltas que nos invita a entrar. El interior destaca por su altura dividida en tres naves, arcos de medio punto y con una planta de cruz latina. El altar mayor está presidido por una imagen de la virgen María embarazada. Tras pasear lentamente y contemplar los azulejos y pinturas de las paredes, pasamos a visitar el claustro adyacente. Del siglo XIV, el conjunto está formado por arcos apuntados góticos que ofrecen un aspecto majestuoso. Se puede acceder al piso superior por unas escaleras de caracol que nos ofrecen buenas vistas de todo el edificio y de los edificios circundantes.



 A pocos metros de la catedral, podemos contemplar el Templo de Diana. Sus esbeltas columnas se erigen desafiando al viento y al frío y al paso del tiempo que ha hecho que el foro romano de Évora apenas se conserve. Y sin salir de la plaza, pasamos de época antigua al período medieval. Nos adentramos ahora en la Iglesia de San Joao Evangelista y en el Palacio de los Marqueses de Cadaval. Puedes visitar ambos edificios en una entrada conjunta de 2,5 €. Los niños no pagan.
De la iglesia cabe destacar sus magníficos azulejos al más estilo portugués y dos trampillas, una con huesos humanos y otra con un pozo. Asomarse es uno de los “pecados mortales” de cualquier niño que se precie.
Al palacio se accede por un patio lateral. Es muy recomendable su visita por los objetos que contiene, las pinturas y lo bien conservado que está. Muy curioso nos resultó el juego de maletas de Louis Vuitton, completísima y antiguas. También es de mencionar la cocina cuya chimenea sigue en funcionamiento.
Adyacente al edificio se encuentra una de las Pousadas históricas de Portugal, el Palacio dos Lóios, un alojamiento similar a los Paradores españoles.
Tras salir al radiante sol de diciembre, callejeamos para encontrarnos con la universidad de Évora, la segunda más antigua del país luso tras la de Coimbra. Posee un claustro digno de admiración, unos pasillos que destilan conocimiento y multitud de aulas abiertas que se pueden observar.

Y llegó la hora de comer casi sin darnos cuenta. Estábamos un poco cansados así que decidimos comer. Pensamos no ver lo que nos falta de la ciudad porque ya lo conocimos en la anterior visita. Sin embargo, hay que recomendarlos: la Capela dos Ossos (Capilla de los Huesos), una pequeña cripta con multitud de huesos humanos bastante tétrica y curiosa y el Jardim Público, un espacio verde abierto con patos, pavos reales y otras especies acuáticas que gustarán a los pequeños y mayores.

Castelo de Vide:
Aprovechamos la hora de la siesta para dirigirnos a esta bella localidad situada a 120 kilómetros de Évora. Se trata de un pueblo de algo más de 3.000 habitantes. Su castillo imponente nos saluda desde lo más alto y su judería nos atrapa con tan solo callejear por sus empedradas vías. Debido a que en diciembre anochece sobre las cinco de la tarde, no nos dio tiempo a saborear este pueblo lo que se merece. Posee un pasado histórico intenso y un patrimonio que cuenta con sinagoga, recinto fortificado, fuentes monumentales y una inmensa plaza presidida por la estatua de Pedro V y la iglesia de Santa María de la Devesa. En total, se contabilizan 24 iglesias y ermitas que se entremezclan con sinuosas callejas y antiguo pasado.
Nos faltó luz y día para conocer mejor esta población a la que prometimos volver.



DÍA 7 DE DICIEMBRE: MONSARAZ, TERENA, VILA VIÇOSA Y ESTREMOZ

Monsaraz
Este pequeño pueblo fortificado está situado sobre un promontorio y podemos decir sin temor a equivocarnos que es un museo al aire libre. Recorrer sus calles nos devuelve directamente al medievo y sus vistas nos hacen contemplar un río Guadiana espléndido que se abre con varios brazos de agua pareciendo que abraza a esta tierra turística y bellísima.


Es totalmente peatonal y tiene sólo dos calles, la Rua Direita y la Rua de Santiago.
El corazón de la villa es la Igreja Matriz.  En la misma plaza hay un peculiar picota del siglo XVIII coronada por una esfera del universo.
El castillo tiene un torre del homenaje (Torre de Menagem) de forma pentagonal y levantado en el siglo XIII por el Rey Afonso III. En su interior, se celebran corridas de toros y otros espectáculos adaptados al espacio. Desde el Castillo se tienen unas vistas espectaculares que requieren fotografías para el recuerdo.
Al encontrarnos en fechas prenavideñas había un Portal de Belén a tamaño real repartido por todo el municipio. Personajes de todo tipo te acompañaban en el paseo por las calles y rincones de la aldea.
Son destacables también las exposiciones de arte y de artesanía que se abren al visitante ofreciendo una mezcla de tradición y modernidad.



Terena
Este es otro pequeño pueblo del Alentejo que destaca por ser uno de los lugares documentados más antiguos de Portugal. Todos los pueblos y civilizaciones desde hace 5000 años han pasado por sus tierras y han dejado sus huellas. Hoy día destacan su castillo (aunque su interior es diáfano) y su iglesia. No está tan orientada al turismo como otras y no nos detuvimos mucho más que el tiempo de encontrar algunos rincones fotogénicos y poder observar el ritmo lento de sus habitantes.



Vila Viçosa
Esta población de algo más de 5000 habitantes se divide claramente en dos partes. Una situada en el castillo fortificado que se alza sobre una colina y otra segunda que se abre entre la Plaza de la República y el Palacio Ducal.
Pasemos a repasar nuestro paso por el lugar más elevado. La iglesia de la Concepción es el Santuario nacional que alberga a la patrona de Portugal, la Virgen de la Inmaculada Concepción. Por las fechas de nuestra visita pudimos ver la devoción que despierta la imagen, montada en su trono para ser procesionada el día 8, esto es, un día después de nuestra llegada. Habían autobuses visitando el templo y multitud de personas encendiendo velas.
El santuario, erigido dentro del conjunto fortificado, fue terminado en el siglo XVI. Destacan sus azulejos típicamente portugueses y sus altas columnas dóricas que separan las tres naves de las que consta la edificación.



En el mismo recinto, se encuentra el Castillo de Vila Viçosa. Construido en 1270, bajo el patrocinio del rey Afonso III, a lo largo de los años ha sufrido numerosas reconstrucciones. Fue residencia real hasta 1501, momento en el que el tercer duque de Bragança fue ejecutado por traición y su hijo no quiso residir en él y mandó construir el palacio real.
El castillo cuenta con unos grandes fosos y con museo de caza y de arqueología que no llegamos a visitar porque no nos cuadraban los horarios.
Cuando bajamos a la Plaza de la República buscamos un sitio para comer. Nos gustó una taberna situada en una pequeña calle paralela, la Taberna do Belhuca. El vino y los platos alentejanos tradicionales bien merecen una parada. Las migas alentejanas y la sopa de tomate estaban exquisitas y el precio económico y asequible.

Tras reponer fuerzas, nos dirigimos hacia el Palacio Ducal de Bragança (s.XVI-XVII), un imponente edificio que acogió a la primera familia de la nobleza portuguesa hasta principios del siglo XX. La visita se hace con guía y en portugués pero te aporta mucha información. La entrada cuesta por persona 6 Euros. Las estancias más nobles se sitúan en la primera planta. Muchos de los elementos que se muestran son originales (pinturas, muebles, tapices,..) y entre varias curiosidades, destaca por poseer el mayor número de piezas de cocina de cobre de Europa. Es de subrayar también la extensa armería del palacio y la exposición de carruajes.


Estremoz
A unos 20 kilómetros de Vila Viçosa se sitúa este otro municipio que tiene una coincidencia con el anterior. Está dividido en dos partes: la alta medieval y la baja moderna.















En la parte superior encontramos el recinto amurallado, iglesias, la Torre de las Tres Coronas y la Pousada de la Reina Isabel, un alojamiento señorial con una cafetería que invita al descanso y a la relajación. Al ir con niños no era nuestro caso así que nos asomamos para verla y en eso consistió nuestro relax. A la Torre de las Tres Coronas se puede subir para contemplar el paisaje alentajano de Estremoz y para marcarse unas buenas fotografías con esa luz del atardecer que dura pocos minutos.











La parte menos elevada de la localidad se abre en torno a la plaza de Rossio. En ella encontramos multitud de bares, comercios y la oficina de turismo. También podemos observar rasgos modernistas en algunos de sus edificios. En esta parte de la ciudad podemos visitar, entre otras posibilidades, el Museo Rural, la Iglesia de San Andrés y la grandiosa fuente dedicada a Neptuno que se sitúa en el centro de la misma portando no un tridente como sería de esperar, sino una hoz.
El día ha dado mucho de sí. Hemos conocido rincones que nos acercan más a esta tierra y los niños hasta les han pedido los regalos a los Reyes Magos de Vila Viçosa. ¿Sólo los niños?

DÍA 8: BEJA, SERPA Y REGRESO A CASA
Beja
Es uno de los municipios más grandes de Portugal con 35.000 habitantes. Celtas, cartagineses, romanos, visigodos, árabes y reyes cristianos han pasado por sus tierras dejando sus huellas.
Encontrar el centro histórico nos costó un poco puesto que las indicaciones no son claras. Cuando conseguimos encontrar el Castillo y la torre del Homenaje, nos dirigimos a la oficina de turismo. En ella, nos dieron un plano de la ciudad pero nos indicaron que al ser lunes y festivo, muchos de los monumentos estarían cerrados.  Aún así, pudimos constatar que Beja guarda en sus muros un gran patrimonio. Patrimonio este deteriorado en numerosos edificios. Esto nos decepcionó un poco.
Pero pasemos a describir nuestro recorrido por Beja. Una vez en el castillo, pudimos comprobar que una parte del acceso a la torre se había caído por lo que no pudimos subir las escaleras de caracol que nos permiten tener un plano inigualable de las llanuras alentejanas.
Empezamos a callejear y llegamos a la iglesia de Santa María, al Museo Regional, la plaza de la República y a un mercado local de artesanía donde compramos un pequeño portal de belén elaborado con barro.  En todos los edificios se alzaban orgullosas banderolas que informaban de que el cante tradicional alentejano ha sido reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad.


Antes de partir hacia nuestro último destino visitamos la Capilla de San Esteban, adyacente al hospital del mismo nombre. De estilo barroco, nos explicaron que debajo del retablo existían unas pinturas góticas que estaban pensando en descubrir puesto que el actual conjunto fue trasladado desde el Convento de San Francisco.

Serpa
Fue nuestro último contacto con el Alentejo y no nos dejó indiferentes. Posee una de las mejores murallas que rodean la ciudad y que conecta con una noria y un acueducto que abastecía de agua a sus habitantes. Las puertas de acceso al núcleo medieval todavía se conservan al igual que la esencia de ciudad fronteriza y defensiva.


El castillo tiene en su entrada una parte que se vino abajo y que se quedó encajonada con otra parte del edificio. Ya se ha quedado como una seña de identidad de este baluarte.
Entre las posibles visitas se encuentran el Museo del Reloj y el Museo Etnográfico. Caminar por sus calles empedradas es todo un placer para los sentidos. Se entremezclan palacios señoriales con casas bajas humildes. Techos altos con azulejos; chimeneas con naranjos y olivos en las plazas; ropa tendida en las aceras con olor a comida; mayores sentados en la plaza con niños correteando por las esquinas.

Hay varios restaurantes para comer en la plaza del pueblo pero nosotros nos fuimos a un local situado en las afueras, el Pedra de Sal. Pudimos saborear un bacalao a la brás (revuelto de bacalao, huevo y patatas paja), camarones a la portuguesa y un queso de Serpa delicioso para untar.
Y con el estómago lleno retornamos en coche hacia nuestra casa con un sinfín de sensaciones acumuladas.

El Alentejo portugués, un territorio plagado de encinas, cigüeñas, pueblos de verdad, largas llanuras, verdes infinitos, un espíritu auténtico y un aire entre melancólico y decadente que nos retrotrae a valores tradicionales que siempre conviene recordar.

Portugal, ese país al que deberíamos valorar más porque simplemente lo merecen sus gentes, sus comidas, sus castillos y sus paisajes.






domingo, 1 de junio de 2014

Cueva de los Murciélagos y Zuheros

En el municipio de Zuheros, en la Subbética cordobesa, se encuentra la Cueva de los Murciélagos. Debe su nombre a este mamífero que podrás ver, si tienes suerte, revolotear dentro de la gruta. Dependiendo del tamaño, los guías los han bautizado no con un nombre científico –que ya lo tienen- sino con nombres cercanos y coloquiales como Pepe, Curro o Paco.
La entrada de la cueva está a unos cuatro kilómetros del pueblo subiendo por una carretera que bordea una formación kárstica digna de elogio. Recuerda al Torcal de Antequera pero las formaciones no son tan definidas ni grandes. El entorno natural es precioso; invita a parar y a hacer un picnic con la familia, a contemplar las especies naturales y a divisar las vistas que desde este punto se tienen de parte de la Sierra Subbética. En la carretera existe un mirador desde donde puede contemplarse el cañón del río Bailón, y si se quiere, iniciar un itinerario de senderismo bordeando el cañón del río mencionado. Para más información sobre este itinerario, se puede visitar:

Pues bien, después de la parada en el mirador, llegamos al centro de recepción de visitantes. El coche se puede dejar en el parking habilitado para ello en la explanada. Una vez hecho esto, hay que ir andando hasta la entrada de la cueva que se encuentra a unos 300 metros y donde se pueden adquirir los tickets.
El precio de las entradas es de 6 Euros para los adultos y 5 para los menores de 14 años. Los niños de menos de 4 años no pagan.
Podemos considerar que el precio de la entrada es adecuada puesto que llevamos visita guiada con explicaciones pormenorizadas de cada lugar.
Si también vais a visitar el Museo Arqueológico de Zuheros y su castillo, merece la pena comprar la visita combinada (7,50 € y 6 € para adultos y niños, respectivamente).
¡Pues ya estamos listos! Si queremos hacer fotos, sólo lo permiten en la sala del Vestíbulo (en la entrada). Después no es posible. Así que si quieres un recuerdo con la familia, aprovecha el momento.
La guía avisa de que se abstengan de entrar en la cueva los asmáticos, enfermos cardíacos, claustrofóbicos o personas que se cansen en exceso. Nos indica que hay un total de 700 escalones que vamos a bajar y subir y unos 450 metros de recorrido. Pese a ir con niños pequeños (4 y 3 años), recomiendo la visita. Los escalones no se hacen pesados puesto que se van haciendo en tramos. La bajada supone unos 65 metros.
La cueva tiene una temperatura constante de unos 10-12 ºC. Es aconsejable llevar alguna manga larga aunque sea verano.
La cueva no se descubre de modo total. Hay muchos pasadizos inaccesibles a los que no se puede entrar. Podemos dividir la visita en varias fases:
1ª-. Vestíbulo y Corredor de las Pinturas: Lo más destacable de esta parte son las pinturas rupestres de cabras rojizas. Se trata de formas esquemáticas con grandes cuernos. A los niños les resulta muy curioso saber que eso lleva allí millones de años.
2ª-. La Sala de las Formaciones: En ella podemos ver espectaculares estalactitas y estalagmitas moldeadas durante miles de años por la filtración del agua de lluvia. Destaca la estalagmita bautizada como “el espárrago” por su gran tamaño y similitud con esta verdura.
En esta parte también se encuentra un enterramiento del año 4200 a.C. Se trata de un esqueleto no visible al visitante puesto que queda oculto por las formaciones rocosas.
3ª-. Sala del Órgano: Su nombre se debe a una formación que recuerda a un órgano de una catedral. En esta sala, los niños y los adultos, tenemos la oportunidad de dejar volar la imaginación y ver formaciones que nos recuerdan a animales u objetos. Los más pequeños disfrutan mucho.
4ª-. Sala del Fémur: Se llama así porque se encontró un hueso humano aunque hoy día no puede verse.
4ª-. Sala de la Celosía y de los Estratos: Por estas salas se pasa subiendo los escalones que nos han tocado bajar antes. Empezamos a notar la entrada de aire y la iluminación natural que nos indica que vamos a salir de la cueva.

Los escalones de mayor dificultad son los de subida. Hay un tramo estrecho, con el techo muy bajo que, si no se tiene cuidado, puede provocar más de un susto. El suelo, debido a la humedad por la continua filtración de agua, es húmedo por lo que es recomendable llevar zapato cómodo que se agarre bien al suelo.

Esta visita merece la pena. Descubrimos un lugar con características naturales espectaculares que les encantará a los niños. A ellos les chifla imaginar historias – de tesoros, misterios y aventuras- dentro de la cueva.

Tampoco podemos dejar de visitar Zuheros. Es un pueblo blanco, enclavado en la roca que no deja indiferente a nadie. Su entramado urbano, el Museo Arqueológico y el castillo, son los atractivos más importantes del lugar. Cuenta con una gran oferta hotelera y de restauración por si, además, decidimos quedarnos a pernoctar. Para comer, totalmente recomendable el restaurante Asador Los Palancos, a los pies del castillo.

El día estaba fresco y no pudimos recorrer más rincones entrañables de este municipio. Rutas de senderismo y rincones naturales nos esperan en una próxima visita.

Para información sobre el pueblo y sus recursos turísticos:

Para información sobre la Cueva de los Murciélagos: